Que terrible es la decepción ¿verdad?  es una poderosa sensación de triste enfado. Pero ¿por qué nos decepcionamos?

Las expectativas son las auténticas responsables. Ponemos nuestro esfuerzo e ilusión en una relación o en una persona y cuando no funciona, cuando te das cuenta de que todo es un desastre, te entra la irremediable sensación de decepción. Es curioso porque a pesar de que pasamos miles de veces por ella, siempre nos sorprende y nos clava su afilada estaca.

Ahora bien ¿cuántas decepciones son culpa nuestra? ¿Son realistas nuestras expectativas? ¿Hemos pecado de ingenuos?

Veamos hasta que punto somos responsables de nuestras decepciones emocionales:

  • ¿Al principio de una relación has pasado por alto cosas que sabías que no te gustaban?

¿Por qué las pasaste por alto? ¿Creíste que esa persona podría ser diferente, creíste que tu serías diferente, pensaste que el amor todo lo puede…?

  • ¿Has actuado de forma diferente a quien eres solo para agradar a alguien?

¿Por qué actuaste así? ¿No crees que estás dando unas expectativas de ti mismo que no son realistas? ¿No crees que pasa factura fingir, exagerar o disimular tu verdadero yo?

  • ¿Has esperado en algún momento que alguna persona cambiara por ti?

¿Es sensato pensar que alguien puede dejar de ser quien es solo porque tú lo necesites?

Las expectativas y las decepciones son dos conceptos que van de la mano. Contra más altas son las expectativas, más duras son las decepciones.

Si pongo toda mi esperanza en una relación, pero no soy realista ¿cuántas probabilidades hay de que la cosa salga bien?

Expectativa: Yo quiero o necesito que sea la pareja de mi vida, quiero que me haga reír, quiero que comparta sus emociones conmigo, quiero que sea una persona cariñosa, quiero que tengamos aficiones en común, quiero que tengamos valores parecidos, quiero…

Realidad: No nos divertimos, no comparte conmigo lo que le pasa, es una persona bastante fría, no tenemos aficiones parecidas y tenemos valores de vida muy diferentes.

Expectativa: Seguro que si hablamos cambiará lo que no me gusta, seguro que por amor hará lo que le pido, seguro que puede aprender a expresar, seguro que al final los valores no son tan importantes…

Decepción: No me quería lo suficiente, no se ha esforzado por la relación, se ha portado mal conmigo… ¡Qué decepción tan grande!

Acabamos por culpabilizar a los demás de nuestras propias expectativas.

Las personas a veces somos compatibles y otras veces no. Si has de encajar, cambiar o modificar a una persona quizás es que has de buscar una persona distinta.

Los demás no tienen la culpa de que hayas creado un mundo de fantasía para hacer frente a tus miedos. La otra persona no tiene por qué cambiar para encajar en tus planes. Somos como somos y si en algún momento hemos de cambiar solo lo hacemos por motivación propia y no porque alguien necesite que seamos de otra manera.

Esto no significa que no haya que tener expectativas, ni quiere decir que no podamos amoldarnos en una relación, lo que quiere decir es que hemos de aprender a ser un poco más objetivos, equilibrados y realistas a la hora de poner nuestras ilusiones en alguna parte.

Tal vez hemos de preguntarnos más a menudo que queremos y mirar bien lo que tenemos en frente para ver si se parece o nos estamos montando nuestra propia película. El miedo es un poderoso aliado para fantasear y ser irrealista porque nos nubla la mente y no nos permite pensar con claridad.

Las decepciones son inevitables y por mucho que nos escondamos de ellas siempre nos van a encontrar, es algo que hay que asumir como emoción habitual de la vida, pero hay una diferencia abismal entre una decepción producto de unas circunstancias que no hemos podido controlar, como son dos personas incompatibles, a una decepción que nosotros mismos hemos provocado, como cuando vemos claramente que es una rana, pero nos empeñamos en ver a nuestra alma gemela.

Vani G Leal, Psicóloga.

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