Hoy hablaré de una corriente que crece como la espuma  y, aunque a priori, no tiene nada que ver con la psicología, al final todo está en la mente y, por lo tanto, todo es psicología (o es lo que yo me digo para opinar sobre todo aquello que me parece reflexivamente importante).

Vegetarianos, veganos, frugívoros, frutarianos… Ahora son muchos los que se alzan contra un sistema que prioriza la proteína animal, la industria cárnica o el alimento procesado.

¿Es una moda o es que de verdad empezamos a concienciarnos de que no podemos utilizar   los animales a nuestro antojo?

Yo soy omnívora, la verdad, y como de todo, pero desde hace algunos años no he podido ignorar todas las barbaridades que se cometen en nombre de los hogares para que tengamos mañana, tarde y noche productos de origen animal en la despensa.

Pero, reflexionemos un poco:

Somos nietos de generaciones de postguerra (hace 100 años había guerra sí o sí en cualquier parte del mundo y, por desgracia, sigue habiendo muchas, aunque nos queden geográficamente más lejos).

¿Qué quiere decir? Pues que las abuelas, que vivieron hambre y pobreza en su infancia, crecieron con la mentalidad de que comer carne o pescado a diario es sano, que beber un litro de leche al día es lo mejor y que, a poder ser, hay que reventar en cada comida.  Una mentalidad normal teniendo en cuenta que la mayoría contemplaban un buen guiso de carne de uvas a brevas (la escasez en la niñez crea adultos excesivos).

El mundo lo mueve el dinero y el alimento animal mueve tanto que nadie quiere soltar a la gallina de los huevos de oro.

También normal porque, a pesar de que son los magnates los que más se aprovechan de nuestra ignorancia alimenticia, son millones de personas las que viven de ello y nadie quiere ver su puesto de trabajo en peligro.

Lo que no se ve no existe y en un mundo donde la manipulación mediática está cada vez más monopolizada por el poder político y económico, es fácil que obviemos la realidad.

Una realidad que mata a millones de animales o, mejor dicho, que crea vidas animales para tenerlos torturados, mal alimentados, sufriendo y en condiciones que, probablemente, si lo vieras, se te pondrían los pelos de punta.

Sí, los pelos de punta al ver como gritan de dolor y pena las vacas cuando les quitan una y otra vez a sus crías.

Sí, los pelos de punta al ver como tienen a los lechones, bebés cerditos, para que tú te los comas con una manzana en la boca (pequeñines no gracias, debes dejarlos crecer).

Sí, los pelos de punta si vieras a las gallinas en jaulas, comiendo día y noche para que tú tengas miles de huevos que escoger en tu estante del supermercado.

Y ya no hablemos de los pelos de punta si vieras los experimentos que algunas compañías hacen para que tu pintalabios, desodorante o champú del pelo, sea tan suave como el culito de un bebé.

Y no sigo porque se me pone un nudo en el estómago al pensar lo salvajes que somos.

Pero bueno, los humanos somos capaces de atrocidades con otros humanos, que no haremos con otras especies.

Los animales sienten, sufren y padecen los mismo que tú, exactamente de la misma manera.

Lo sabe toda persona que ha tenido algún animal de compañía en casa, bueno, lo sabe quien los ha querido, porque tener, tienen animales muchos descerebrados.

Y no me vale el argumento de la cadena alimenticia ni el ciclo de la vida, porque ya quisiera el animal de granja industrial, tener una vida libre y un día ser devorado por otro animal. Eso es el ciclo de la vida y no lo que hacemos nosotros, esclavizarlos para ser servidos al instante en cualquier lugar del mapa.

Son necesarias las modas ecológicas, los movimientos verdes, las corrientes animalistas porque, aunque no equilibren la balanza, hacen que mires otras formas y alternativas de entender el mundo y eso siempre es algo muy positivo.

No, yo no soy vegana, ni si quiera soy vegetariana, sigo siendo omnívora y como de todo y variado, pero sí me he convertido en una omnívora consciente y empática, que tiene en cuenta que, por cada litro de leche que se bebe, hay un animal padeciendo por mi exagerada glotonería.

No es gran cosa seguramente, pero si todos fuésemos responsables de lo que comemos y entendiéramos que no hace falta atiborrarse de animales, podríamos conseguir un mundo mucho más humano, porque una de las cosas que determina una evolución positiva es como tratamos nuestro ecosistema. Y nuestro ecosistema son las montañas, los mares, la flora y, por supuesto, la fauna, y lo extinguimos, lo destruimos, lo arrasamos y lo esclavizamos como si fuera nuestro, cuando en realidad somos parte del sistema, pero no sus dueños.

Imaginaos lo narcisistas y egocéntricos que somos cuando nos da igual lo que provoquemos mientras tengamos en nuestro plato el manjar que nos apetezca en cada momento.

Y, por favor, tampoco me vale el argumento de que “todo es así”, “qué le vamos a hacer” o “qué podemos hacer nosotros”. Eso es un argumento pésimo, infantil e inmaduro. El pueblo, aunque lo ignore a menudo, tiene el poder más grande que existe, la fuerza  y con fuerza no me refiero a violencia, luchas o revueltas, con fuerza me refiero a presión. Porque quizás solo un 1 % de la población mundial sea la que dirige el mundo, pero el 99%, nosotros, somos los que movemos su dinero. Tenemos la fuerza de elegir hacia dónde va nuestro dinero y te aseguro que si tu dinero se va a un sector ecológico, responsable y equilibrado, ese uno por ciento que nos domina, tendrá que adaptarse a ese cambio si no quieren ver peligrar su enorme y magnífica economía.

Así que, hazte omnívoro responsable y súmate al cambio porque, si todos hiciéramos lo mismo, el mundo, inevitablemente, sería un lugar mejor.

Aquí os dejo algunas ideas por si queréis sumaros a la nutrición empática, esta nueva corriente que tanto bien nos puede hacer a todos:

  • Comprar huevos del número 0 o 1 (si de verdad quieres sumar infórmate de dónde encontrarlos).
  • De cada tres cartones de leche compra uno de avena, soja o arroz.
  • Reduce un poco el consumo de carne, la OMS recomienda entre 350 y 500 gramos de carne a la semana (Calcula si no te pasas un poco entre chuletones y muslos de pollo).
  • Tener un día a la semana vegano y comer, probar, experimentar o simplemente divertirte comiendo otro tipo de sabores y alimentos, como el jueves vegano en Bélgica o el martes vegano en Brasil.
  • Ser vegetariano o vegano hasta las 18 de la tarde.
  • No consumir productos que experimenten con animales.

 

Vani G. Leal, Psicóloga.

Despacho Psicoreset Barcelona: Qué tipo de psicóloga soy y cómo trabajo.

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